
La vista humana sólo divisa una avalancha de cajas rotuladas e insumos hasta que, de repente, surge su figura. Saluda y marca el camino hacia el contexto físico de la charla que permitirá reconstruir su historia, dentro y fuera del hospital provincial Neuquén.
Su sonrisa es tan intensa que amaga con rozar el extremo de su rostro. Sus ojos, profundos y oscuros, sólo cederán protagonismo con la emoción de algunos recuerdos que marcaron su vida. Finalmente, se termina de acomodar en la silla con una mezcla de inquietud e incertidumbre. Inhala para comenzar a desandar su historia pero, a los pocos segundos, se sorprende cuando el punto de partida de la cronología es su infancia y no el ingreso al hospital.
Ella es Sandra Ortega, tan neuquina como el Castro Rendón. A fines de la década del 60, nació en aquella creciente Neuquén capital y se crio en uno de los barrios más antiguos de la ciudad, el barrio Belgrano. “Mi infancia fue junto a abuelas y tíos en ausencia de mis padres”, cuenta.
Era una época tan sencilla como disfrutable. Eran tiempos de reuniones, de convivir en grupos y siempre con la guitarra como eje del encuentro. Sus días de primaria sucedieron en la escuela 207 y fiel al Neuquén de aquellos tiempos, aún hoy se junta con sus compañeros de colegio primario. “Compartimos el Día del Amigo, los cumpleaños y viene nuestra seño Mary, nuestra maestra de la primaria, que tiene 98 años y también Cecilio, nuestro portero del colegio que nos preparaba siempre el mate cocido”, cuenta.
El final de la primaria estuvo marcado por la dictadura militar. “Yo tendría más o menos 9 o 10 años y recuerdo las sirenas, las corridas. No tenía una conciencia plena, claro. Pero sí recuerdo esa sensación de temor, de miedo”, afirma. Su familia vivía muy cerca del Regimiento, en Copahue, casi Saturnino Torres. “Mi abuela iba a buscar a mi tía enfermera del Castro Rendón hasta un puentecito por miedo a que le pasara algún malo. Yo era chica y crecí viendo todas estas cosas sin entender muy bien lo que pasaba, pero con esa sensación de temor. Además, era otra época y mis abuelas no me explicaban mucho”, agrega.
Cuando la primaria ya era historia consolidada, llegó el turno del secundario, entre la guerra de Malvinas y el regreso a la democracia. “Cursé en lo que es hoy el CPEM 12. Recuerdo muy presente ese mensaje de que somos argentinos y Las Malvinas son argentinas. Veíamos los movimientos en el Ejército cerca de casa”, recuerda. Con la secundaria, también llegaron los cambios de hogar. Sus tíos se habían separado y uno de sus abuelos falleció, así que la vida de Sandra parecía revolucionarse al mismo tiempo que su incipiente adolescencia. Poco después, ante la dificultad económica de su tía, dejó el colegio secundario cuando había finalizado sólo el primer año.
Destino: Enfermería
Aquella tía enfermera (Mirta Ortega) que iban a buscar al regreso de su trabajo en el Castro Rendón, le propuso estudiar enfermería. Claro, no imaginaría que comenzaría una larga sucesión familiar dentro del hospital de mayor complejidad de la provincia. Aún menos que le estaría proponiendo un camino que también le regalaría a su compañero de vida Eduardo castro. “Tenía 14 años cuando empecé a estudiar en la Escuela de Auxiliares Técnicos de la Medicina, que había en la calle Tierra del Fuego, Tres años después, me recibí de enfermera con 17 años”, relata. Al mismo tiempo continuaba en paralelo con los estudios secundarios que, paradójicamente para estos tiempos, terminaría luego de finalizar sus estudios de enfermería.
Comenzó con algunas prácticas de la profesión y luego comenzó a trabajar en ADOS, aunque su vida se modificaría para siempre el 5 de mayo de 1987. Miércoles, para mayor precisión. Aquel compañero de enfermería que, en el camino, se había convertido en su pareja, la convenció para ingresar en el hospital Neuquén. “Yo no quería saber nada con entrar en el Castro Rendón. Me daba miedo la gente”, se ríe. Y explica: “Ese primer día estaba atemorizada. Era gente grande, yo la vía muy grande. Veía que las enfermeras eran muy exigentes, muy serias y el ambiente medio hostil. Así que entré con mucho temor y, además, directo a quirófano aunque ya tenía algo de experiencia de trabajar en el quirófano de ADOS”.
Hoy, muchas de aquellas señoras “serias” y “exigentes” son grandes amigas: Angélica Bravo y Edita Escobar. No eran tiempos de rebeldía sino de respeto y aceptación vertical de las indicaciones. Pero el carácter de Sandra superaba al contexto histórico. “Hoy me preguntan porque no siempre acataba órdenes y yo les contesto que era porque me hablaban mal”, recuerda entre sonrisas. El recuerdo de aquellos primeros días en el hospital está muy ligado a su edad. Al recordar, Sandra cuenta lo que sentía aquella joven de 17 años, dando sus primeros pasos en un contexto de tanta complejidad: “Yo veía a aquellos cirujanos como personas grandes, impecables y correctas. Señores médicos”.
“Aprendí muchísimo de todas las enfermeras y de todas las instrumentadoras viejas. Nosotros decimos viejas, pero queremos decir antiguas, aquellas con más experiencia. Conservo muchas enseñanzas y me duele que algunas se hayan perdido un poco, como la obligación, la responsabilidad y el compromiso”, cuenta.
Eran épocas en la que los libros estaban repletos de tinta en el apartado obligaciones, pero apenas algunas gotas sobre el apartado de los derechos. “Aquellas enfermeras me enseñaron muchísimo sobre mis obligaciones, pero también me decían que para tener derechos, la única forma era pelear por ellos. No iban a llegar gratis. Y, con sólo seis meses de trabajo, me encontré con un paro muy grande acá en el hospital. Las compañeras con más experiencia me dijeron que tenía que cubrir la guardia o salir con ellas. ´Pero acá hay que pelearla´, me decían. Yo era chica y les respondí que iba a hacer lo que ellas me dijeran. Entonces, primero cubría la guardia y, luego participaba con ellas en las marchas. Entendiendo siempre que la salud es publica y hay que defenderla”, cuenta.
Un paso más
Para Sandra, aquellos primeros días asomaron como una vida dentro del hospital de mayor complejidad de la provincia. Claro, no imaginaba que eran, simplemente, los primeros metros de una montaña rusa. A dos meses de su ingreso, estaba en el quirófano cuando le pidieron que hiciera el lavado de manos quirúrgico pues debía instrumentar. “Vas a instrumentar”, me dijeron. Claro, su reacción, casi ingenua, fue aclarar que no sabía nada al respecto. “No importa, anda”, recibió de respuesta.
“No había casi instrumentadoras académicas, Éramos casi todas enfermeras que empezaban a instrumentar aprendiendo sobre la marcha, sin estudios previos. Era la necesidad que había y no había opción alguna. Aprendías empíricamente la profesión. Con el tiempo comenzaron a llegar aquellas que tenían estudios en la materia y que venían de Buenos Aires, Córdoba y neuquinas que se habían preparado lejos de Neuquén”, relata.
Así, transitó varios años cumpliendo la doble función de enfermera e instrumentadora hasta que, allá por 1995, el Instituto del Valle en Cipolletti anuncia la carrera de instrumentación. “Yo quise estudiar la tecnicatura en otro lugar, pero ya era mamá y todo era muy complejo. Así que cuando llega Instrumentación Quirúrgica fue lo más maravilloso que nos ocurrió para dejar de ser ‘empíricas‘ en nuestro quirófano del hospital del Castro Rendón, formando parte de la primera camada de egresadas”, relata.
A pesar de ser hoy la responsable del sector de Abastecimiento del hospital, Sandra Ortega aún se mantiene muy ligada a la instrumentación quirúrgica ya que forma parte del equipo de trasplante renal del Castro Rendón. “Cuando hay ablación, venimos de guardia y ahí entro a quirófano que es la conexión, una parte importantísima de mi vida”, dice.
La vida lejos del quirófano
Cuando la pandemia aún no estaba en la agenda de nadie, Sandra ya tenía su Licenciatura en Instrumentación obtenida en Bahía Blanca y 33 años de su vida dentro de un quirófano. “Yo empecé a sentir que necesitaba salir del quirófano. Tenía una gran relación con todas mis compañeras, pero sentía la necesidad de salir unos meses de quirófano y dialogando con la jefa de quirófano de aquel momento acordamos mi pasantía por Abastecimiento”, reconoce.
A más de tres décadas de su ingreso al hospital, Sandra confiesa que no sabía que existía el sector de Abastecimiento como funciona hoy. “Me ofrecen venir aquí y me vine y me encontré con un lugar que me hace sentir muy útil, cómoda, querida y acompañada por mis compañeros”, dice. Obvio, el vértigo de los acontecimientos sería otra constante en esta etapa de su vida, ya que a los pocos meses asomó algo llamado Coronavirus. Aquella jefa de sector no pudo continuar con su labor presencial y Sandra tuvo que liderar el sector. “Le consulté a mis compañeros si estaban de acuerdo porque me daba un poquito de miedo. Me dieron su apoyo y acepté. Y me quedé acá”, dice. Por supuesto, no fueron tiempos fáciles. Para nadie. Tampoco para Sandra. “Nadie sabía nada. Ni qué se podía usar ni qué podía pasar. Comenzaron a incrementarse exponencialmente los casos e insumos. Empezaron a llegar pacientes. Y todo pasaba sin que se supiera cuál era el mejor tratamiento”, recuerda.
El equipo de Abastecimiento apenas superaba los dedos de una mano. “Sólo seis podíamos venir físicamente. Nos miramos y sólo nos quedó alentarnos e ir hacia adelante. Cuatro preparaban los pedidos y, adelante, dos los bajábamos del sistema integral. Hasta que luego ingresaron dos compañeros más. Pero, de repente, teníamos el doble de insumos y equipamiento que en una instancia prepandémica. Empezó a llegar mucho material y se empezó a pedir provisiones de todo tipo, cánulas, alto flujo, etc. Aprendimos también todo juntos. Trabajamos mucho e hicimos lo mejor que pudimos”, describe.
Pese a semejante contexto y en el escenario en el que se concretaban los peores temores, Sandra cuenta, con un tono firme, que nadie de su equipo sintió “miedo” de contagiarse. “Nos cuidábamos razonablemente. También atravesábamos una realidad un poco distinta al resto, porque acá los pacientes ambulatorios seguían viniendo. Hay gente que utiliza materiales de por vida y no podía dejar de tenerlas, por ejemplo”, cuenta. De su equipo, cuatro decidieron vacunarse y el resto optó por no hacerlo.
La pandemia generó aristas por doquier. Muchas de ellas, aún ni siquiera han tenido el reconocimiento necesario. Es que el coronavirus desató una oleada de héroes silenciosos, entre ellos Sandra y el equipo de Abastecimiento. “Los chicos llevaban, a veces, hasta siete carros a los diferentes sectores porque no daban abasto. Nada daba abasto”, dice.
Pero, como todo héroe silencioso de la pandemia, la situación excedía por mucho sólo la cuestión laboral. La pandemia se vivía adentro y afuera del hospital. Detrás había también una familia atravesando esta situación casi tanto como ellos. “Por suerte nunca tuvimos miedo. En mi casa estaba mi compañero Eduardo, mis dos hijos Tania y Santiago y mi nieta Paloma. Para no ir y venir, estábamos todos juntos porque mi hija también siguió trabajando. Era la asesora legal del Hospital Heller y tuvo que cumplir con sus funciones en esos momento. Y lo más raro es que ninguno se contagió en esos momentos de tanta posibilidades. Yo al llegar a casa me sacaba la ropa de trabajo, me lavaba las manos, pero no me bañaba en alcohol como por ahí hacía mucha gente antes de ingresar a sus casas para continuar con su rutina. Me ponía cómoda y la vida continuaba”, relata.
El hospital y sus rincones
Sandra asiente con orgullo a la pregunta si conoce cada rincón del hospital. “No deben ser muchos los que lo pueden decir. Parece que no, pero es gigante”, dice. En alguno de esos rincones y pasillos, Sandra puede hoy encontrarse con su hijo Santiago, quien está haciendo la residencia en cirugía en el Castro Rendón. “A veces viene a pedir algo para alguna cirugía o cruzamos un mensajito. A veces le alcanzo algunos chicles. Mis compañeras de quirófano lo conocen de pequeño así que eso me deja tranquila”, dice. Y agrega: “Ojalá se cumplan sus expectativas en este lugar”.
Pronto va a cumplir 40 años en el hospital y la jubilación asoma entre una combinación inexplicable de sensaciones. “Mi hija se enfermó en diciembre y, en ese momento, yo pensé que ya estaba, que mi tiempo se había cumplido aquí. Fue así que inicié mis trámites de jubilación. Sabía que ella no iba a estar bien y quería cuidarla para adelante que se iba a complicar. No puedo estar quieta y seguro seguiré haciendo cosas. Hoy me preguntan si me quiero ir, si me quiero jubilar. Me queda energía, pero la quiero aplicar en otras cosas y también tiempo para compartir con mi Palomita”, cuenta.
Mientras espera la notificación de esa jubilación, mirar hacia atrás conlleva un ejercicio que deriva en una conclusión para Sandra: “Yo lo re amo al hospital. Siempre se dice que tal o cual lugar es como tu segunda casa. Para mí, el hospital claramente lo es. Mis compañeras son mi familia que siempre están. Es algo muy copado que me pasó en la vida trabajar acá. Me enseñó a ser muy humana, a valorar al otro, a que un paciente es lo más preciado que tenemos y que hay que dar todo para ayudarlo a curarse. Y ese es sólo el punto de partida para el compromiso, la dedicación. Todas cosas que aprendí acá”.
Sube un poco el tono para defender lo que sucede puertas adentro del hospital y que, quizás, no tenga el reconocimiento que se merece. “Acá se hacen procedimientos increíbles para que los pacientes no tengan que viajar a otros lugares del país dejando a sus seres queridos y la contención que necesitan. Atrás de cada procedimiento avanzado hay un trabajo enorme para conseguir las cosas, inventar o crear la forma para poder hacerlo con lo que se consigue. Y ese es el invalorable recurso humano que tenemos en el hospital. Gente visionaria, solidaria, muy buena, trabajadoras incansables y cero egoístas”, dice.
Es que, para Sandra, el hospital reúne todas las emociones posibles. Como la vida misma. Pero, aún en un contexto que puede ser tan intenso como dramático, hay tiempo para la sonrisa, para compartir un momento divertido y, hasta para una aquellas bromas de antes que hoy ya corren riesgo de ser punibles.
“Recuerdo los bautismos en el quirófano. Al personal nuevo se lo mojaba con pervinox como bienvenida al quirófano. Cosas que se hacían antes y se recuerdan con una sonrisa porque fueron parte de nuestra historia pero que, hoy, pueden resultar difíciles de asociar con una gracia”, cuenta. Y agrega: “También recuerdo mucho las Fiestas. Nos juntábamos y comprábamos alimentos y bebidas entre todos para organizar la despedida del año, Hacíamos una mesa muy larga en uno de los laterales para que no se escuchara el ruido ni molestar a otro servicio Y brindábamos. Y compartíamos. ¡Hasta el amigo invisible hacíamos!”.
Todo lleva a una conclusión para Sandra. Esa imposibilidad de disociar al hospital de su familia. La amistad de los que ya no trabajan allí, el juntarse para celebrar y compartir cualquier cosa y el orgullo de la fuerza que le ponen todos quienes forman parte del hospital provincial Neuquén para que las cosas se puedan hacer y las ideas se puedan concretar. “Los recuerdos que tengo son todos lindos, si hay malos o feos, no me los acuerdo”, asegura.

